Hay un ejercicio que conviene hacer con clientes al empezar un proyecto de marca: pedirles que terminen esta frase. “Si esta empresa desapareciera mañana, echaríamos de menos ______.”

La mayoría de las veces el hueco tarda en llenarse. Y cuando se llena, suele ser con algo vago: “el servicio”, “la calidad”, “que somos de confianza”. Cosas que podría decir cualquier competidor sin mentir. Ese hueco en blanco es, probablemente, el diagnóstico más honesto que existe sobre el estado de una marca. Y contiene más información que cualquier documento de posicionamiento.

Porque hay marcas que todo el mundo conoce y casi nadie recuerda. Marcas con una identidad impecable, un propósito bien redactado y un deck capaz de justificar durante dos horas por qué existen. Marcas que hablan el idioma de su categoría, siguen las tendencias, publican con frecuencia y parecen estar en todas partes. Y aun así, no significan demasiado. Quizá porque construir una marca nunca ha consistido solo en conseguir reconocimiento. Ni en tener personalidad (eso, a estas alturas, lo tiene hasta una marca de detergente). Ni siquiera en diferenciarse. Construir una marca consiste, en el fondo, en conseguir que su existencia tenga sentido. Y para eso hace falta resolver tres problemas distintos: ¿Qué significa? ¿Por qué importa? ¿Qué valor aporta?

Significado de marca, relevancia y valor. No son sinónimos, y tampoco son tres fases de un proceso lineal (primero uno, luego el otro). Son tres fuerzas que se necesitan mutuamente. El significado sin valor corre el riesgo de quedarse en discurso. El valor sin significado convierte una marca en una commodity con buen packaging. Y la relevancia sin ninguno de los dos es, directamente, oportunismo.

1. ¿Qué significa?

Empecemos por una distinción: una cosa es lo que una marca dice que significa, y otra bastante distinta es lo que significa realmente.

Las marcas pueden declarar una misión, construir un relato y elegir con esmero cada palabra de su manifiesto. Nada de eso garantiza que ese significado exista fuera de la propia organización. El significado no se entrega. Se construye. Y no lo construye solo quien lo escribe.

Buena parte de la investigación sobre significado de marca coincide en algo: el significado no depende únicamente de las intenciones de la compañía. Se forma dentro de contextos culturales, categorías y relaciones compartidas. Las personas no reciben el significado de una marca como quien recibe un mensaje de WhatsApp; lo interpretan, lo negocian y lo incorporan a su propio sistema de referencias.

Dicho de otra forma: una marca no puede decidir del todo lo que significa. Puede crear las condiciones para que algo llegue a significar. Esto cambia bastante la pregunta de partida. No es “¿qué queremos decir?”. Es “¿qué queremos que llegue a significar nuestra existencia?”.

La diferencia parece pequeña, pero cambia el trabajo entero. La primera pregunta conduce, casi sin esfuerzo, a un discurso más. La segunda obliga a pensar en consecuencias: ¿qué asociación queremos ocupar?, ¿qué percepción queremos transformar?, ¿qué comportamiento queremos provocar?, ¿qué lugar queremos ocupar en la vida de alguien?

Un logo puede identificar. Un color puede reconocerse. Un tono de voz puede distinguir. Pero nada de eso, por sí solo, garantiza significado. El significado de marca aparece cuando esos elementos empiezan a apuntar hacia una idea que pesa fuera de ellos (cuando, por ejemplo, una marca como Loewe consigue que artesanía y vanguardia dejen de sonar contradictorias, o que un servicio como Cabify se asocie a algo más concreto que “otra app de VTC”).

Y por eso no todo propósito es significativo. Decir que una empresa quiere “mejorar el mundo”, “hacer las cosas de otra manera” o “poner a las personas en el centro” no significa gran cosa si esa frase podría pertenecer, sin cambiar una coma, a cien empresas distintas.

El significado necesita precisión. Y una marca empieza a ser interesante cuando alguien es capaz de terminar esta frase sin dudar: “si esta marca desapareciera mañana, echaríamos de menos ______.”

2. ¿Por qué importa ahora?

Una marca puede tener significado y, aun así, no tener relevancia. En branding hemos tendido a confundir relevancia con actualidad: estar al día, hablar de lo que habla todo el mundo, usar los códigos del momento, participar en la conversación. Pero una marca relevante no es la que sabe qué está pasando. Es la que tiene un papel que jugar en lo que está pasando.

Algunos de los estudios más interesantes sobre relevancia de marca plantean que esta no es una única dimensión, sino que puede ser funcional, simbólica, social o ambiental; y que cada una de ellas se relaciona de forma distinta con el vínculo emocional y la intención de compra. Esto amplía bastante la idea habitual de relevancia.

Una marca puede ser relevante porque resuelve mejor un problema. Pero también porque expresa una identidad, porque representa una manera concreta de relacionarse con los demás, porque responde a una transformación social, o porque encaja con una sensibilidad cultural emergente.

La relevancia, por tanto, no consiste en “estar”. Consiste en tener sentido aquí y ahora. Y ese “aquí y ahora” importa, porque las categorías cambian, las expectativas cambian, las personas cambian, la tecnología cambia… y con todo eso cambia también lo que esperamos de las marcas.

Algunos de los marcos más recientes sobre gestión estratégica de marca insisten en un matiz que conviene no perder de vista: relevancia no es lo mismo que notoriedad. Una marca puede ser famosa y resultar irrelevante. Puede ser pequeña y absolutamente necesaria. Puede tener millones de seguidores y no jugar ningún papel real en la vida de quienes la siguen (Instagram está lleno de estas paradojas).

Por eso la pregunta correcta tampoco es “¿cómo conseguimos ser relevantes?”. Es “¿qué está ocurriendo que hace que nuestra existencia importe?”

Y aquí aparece una de las partes más interesantes del trabajo de branding: una marca no entra en una cultura vacía. Entra en un mundo lleno de códigos, expectativas, prejuicios y significados previos. Un banco, un hotel, una universidad, una marca de alimentación, una empresa tecnológica, un estudio de branding: todo tiene ya un imaginario antes de que lleguemos nosotros.

Por eso construir una marca no consiste solo en encontrar una diferencia. Consiste en encontrar una diferencia que importe (una capaz de modificar la percepción de una categoría, resolver una tensión existente o dar una respuesta nueva a algo que ya estaba ocurriendo). La relevancia aparece justo ahí: en el cruce entre lo que una marca quiere significar y lo que el mundo necesita, desea o está preparado para escuchar.

3. ¿Qué cambia porque existimos?

Llegamos al punto más incómodo: el valor.

Se puede construir una marca con un significado extraordinario, identificar perfectamente el contexto cultural en el que opera, ser relevante… y aun así no aportar demasiado. El valor es lo que obliga a una marca a demostrar sus intenciones.

En este punto conviene ampliar qué entendemos por valor, porque no es solo precio, ni funcionalidad, ni retorno económico inmediato. Una marca puede aportar valor haciendo algo más sencillo: cuando reduce una incertidumbre. Cuando ahorra tiempo. Cuando mejora una experiencia. Cuando hace sentir parte de algo. Cuando permite expresar quién eres. Cuando convierte una elección compleja en una elección simple. Cuando da estatus, o provoca una emoción, o cambia la manera en que entendemos una categoría entera.

La relevancia consigue que prestemos atención. El significado consigue que recordemos. Pero el valor es lo que hace que queramos volver.

Y aquí el branding deja de ser un ejercicio de comunicación para convertirse en una cuestión de negocio. No basta con que una marca diga algo interesante. Tiene que hacer que algo interesante ocurra. Y conviene no perder de vista algo que se olvida con facilidad: la marca no es una capa de comunicación superficial, sino un activo que interactúa con la relevancia, la imagen y la lealtad para construir valor real.

Esto es importante porque devuelve el branding a un lugar que a veces olvidamos. La marca no está al final del negocio, comunicando lo que ya hemos decidido. Está dentro del negocio, ayudándonos a decidir qué merece la pena construir.

Cuando alguna de estas 3 patas falla

Quizá sea más fácil entenderlo por ausencia.

A. Mucho significado, poco valor.

Marcas con un discurso potente, una identidad reconocible y una visión del mundo aparentemente clara; pero que, en cuanto quitas el relato, no queda demasiado. La promesa supera a la experiencia. El significado se convierte en decoración estratégica: bonito de leer, difícil de sostener en el día a día.

B. Mucho valor, poco significado.

Marcas eficaces. Resuelven bien, tienen un buen producto o un precio competitivo, pero podrían ser sustituidas mañana por otra empresa que hiciera exactamente lo mismo con otro nombre. Son útiles, no necesariamente significativas: el negocio funciona, pero la marca no acumula valor simbólico. Piénsese en cualquier categoría de servicios muy comoditizada (seguros, telecomunicaciones, banca digital) donde el cliente elige por precio o por inercia, no porque esa marca en particular le importe.

C. Mucha relevancia, poco significado y poco valor.

Quizá el territorio más peligroso: marcas que detectan rápido las conversaciones del momento y se suben a ellas, que saben qué decir y cuándo decirlo, pero no tienen una razón propia para estar ahí. La relevancia se convierte en reacción. Y una marca que reacciona constantemente puede parecer muy viva mientras pierde, poco a poco, aquello que la hacía reconocible. No todo lo que es relevante merece convertirse en parte de una marca; a veces la estrategia consiste, precisamente, en saber de qué conversaciones no participar.

D. Mucho significado y relevancia, poco valor.

Es la combinación más difícil de detectar desde dentro, porque se parece mucho al éxito. Marcas con un propósito bien articulado, que además leen bien el momento cultural —pero que no consiguen traducir nada de eso en una diferencia tangible para quien las usa. Todo el equipo cree que la marca “conecta”. El cliente, mientras tanto, sigue comparando precios en la pestaña de al lado. Es el caso típico de un rebranding que gana premios de diseño y no mueve ni una décima la intención de compra.

El branding como ejercicio de precisión

Puestas así las cosas, el branding no consiste tanto en añadir cosas como en decidir. Decidir qué significa. Qué no significa. Qué conversación nos pertenece y cuál no. Qué valor podemos aportar de verdad. Qué parte de nuestra categoría queremos conservar y cuál queremos desafiar. Qué promesa podemos sostener sin que se nos note el farol.

En un contexto en el que producir expresiones de marca es cada vez más fácil (generar imágenes, nombres, campañas, contenidos o identidades está dejando de ser una barrera significativa), la dificultad se desplaza. Ya no es tan complicado hacer que una marca diga algo. Lo complicado es saber qué merece ser dicho. Y, todavía más, conseguir que eso tenga consecuencias fuera de la comunicación.

Ahí es donde el branding recupera su valor estratégico: no como una capa que se coloca encima de un negocio, sino como una forma de decidir qué negocio queremos ser.

Conclusión: Tres preguntas antes de construir una marca

Antes de empezar a hablar de logos, colores, nombres, claims o campañas, quizá deberíamos hacernos tres preguntas mucho menos divertidas, pero más sesudas:

  1. ¿Qué queremos que signifique nuestra existencia? No qué queremos decir. Qué queremos llegar a representar.
  2. ¿Qué está ocurriendo que hace que nuestra existencia sea relevante? No qué tendencia podemos aprovechar. Qué tensión, cambio o necesidad nos da un lugar.
  3. ¿Qué cambia porque existimos? No qué beneficios podemos enumerar. Qué diferencia real producimos en la vida de alguien, en la categoría o en el negocio.

Si las tres respuestas son claras, el resto del trabajo empieza a tener dirección. La identidad deja de ser arbitraria. El tono deja de ser un ejercicio de personalidad suelta. La comunicación deja de ser una sucesión de mensajes sin hilo y la experiencia deja de ser una colección de puntos de contacto. Todo empieza a responder a una misma idea. Y eso, al final, es una de las cosas más difíciles de conseguir en branding: que todo parezca venir del mismo lugar.

Durante mucho tiempo hemos hablado de construir marcas fuertes, memorables, diferentes, auténticas, humanas. Quizá la pregunta correcta sea más sencilla: ¿por qué debería importarnos esta marca? No a nosotros. A alguien.

Porque una marca no se vuelve importante porque consiga parecerlo. Se vuelve importante cuando su significado encuentra un lugar en la vida de alguien, ese significado resulta relevante en un contexto concreto, y la marca aporta un valor que hace que ese lugar merezca ser ocupado.

Significado, relevancia, valor: no son una fórmula. Son un filtro.

 

Fuentes principales y lecturas recomendadas
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