La Revoltosa nació en 1953, fruto de la unión de varios pequeños fabricantes de gaseosa, y durante décadas fue una de las marcas de refresco más populares de España, presente en bares, sobremesas y mesas de toda la vida. Su nombre viene de la zarzuela de Ruperto Chapí, protagonizada por una mujer con carácter, descaro y mucha vida. Cuando Refrescos del Atlántico, la empresa familiar propietaria de la marca, nos llamó para intentar reflotarla, el reto no era inventar algo nuevo, sino rescatar una marca que ya vivía en la memoria de mucha gente y darle las herramientas para volver a ser relevante en el siglo XXI.
A partir de ahí construimos el rebranding completo bajo un concepto: A nuestra manera. Recuperamos y redibujamos el logotipo histórico de los años 70, colaboramos con el ilustrador y tatuador GL6RIA para convertir a La Revoltosa en un personaje, una mujer con descaro heredera de la zarzuela; y desarrollamos una identidad verbal con voz propia, cercana y de barra de bar. Todo ello se trasladó al packaging, donde cada sabor es un estado de ánimo de la misma personalidad, y a una web narrativa en la que la marca te habla de tú a tú. (Si quieres conocer el proceso completo, lo contamos en el caso de estudio de La Revoltosa en nuestra web).
Pero un rebranding no termina cuando se entrega el manual. En realidad, ahí empieza lo interesante.
Del manual a la calle
Hay una fase del branding de la que se habla poco: la activación. El momento en que todo lo que se ha definido sobre el papel (el concepto, la personalidad, el tono, el sistema visual) tiene que funcionar en el mundo real, con gente real.
Es ahí donde se comprueba la solidez de la estrategia de marca. Una buena se puede trasladar a cualquier formato, ya sea una etiqueta, una web o una verbena, sin perder su voz. Una idébil se agota en cuanto sale del manual.
Un buen concepto no se mide por lo bien que queda en el manual, sino por todo lo que es capaz de generar después.
Por eso, cuando hablamos de activación, no hablamos de poner un logo en un photocall. Hablamos de convertir la marca en una experiencia: un lugar, un momento o un ritual en el que la gente pueda entrar, participar y salir con la sensación de haber estado dentro de algo. La marca deja de ser algo que se mira y pasa a ser algo que se vive.
Cuidar lo que hemos creado
Cuando terminamos el rebranding de La Revoltosa, no nos despedimos. Pasamos a una fase que en el estudio llamamos brand guardianship: un periodo en el que seguimos al lado de la marca para asegurarnos de que cada nueva pieza, cada acción y cada decisión sigue siendo fiel a lo que construimos juntos. (Soltar una marca recién nacida y desearle suerte nos parece, como mínimo, un poco irresponsable).
Durante ese acompañamiento llegó la gran pregunta: ¿cómo sería La Revoltosa in real life? Teníamos clara una cosa: la experiencia tenía que pasar por la cultura. Una marca que nace de una zarzuela no podía salir a la calle con un stand y unas muestras gratis.
Así que hicimos lo que se hace cuando sabes que otra persona sabe más que tú: llamarla. Hablamos con nuestra amiga y colaboradora María Van den Eynde, gestora cultural y directora general del festival Flora, con quien ya habíamos trabajado en la web del festival. María nos puso en contacto con La Juan Gallery, un espacio cultural dedicado a las artes vivas donde se conciben y producen proyectos en torno a la performance, la acción y el cuerpo como herramienta creativa. Y ahí empezó todo.
El concepto: la folclórica del siglo XXI
La pregunta que pusimos sobre la mesa era sencilla: ¿qué haría ella? No una gaseosa cualquiera, sino esta: una mujer con descaro, heredera de la zarzuela y del escenario popular, que no pide permiso a nadie.
La respuesta fue La folclórica del siglo XXI, un certamen artístico con una idea de partida clara: abrir una convocatoria pública para encontrar a quien cogiera el legado de las folclóricas del siglo pasado y lo llevara a su terreno. Sin copiar, sin disfrazarse, sin convertirlo en museo.
El concepto no salió de la nada. La folclórica es una de las grandes figuras de nuestra cultura popular: mujeres que llenaban escenarios, que convertían una canción en un acontecimiento y que construyeron un imaginario popular que sigue vivo. La Revoltosa comparte ese ADN. Así que el certamen no era un evento patrocinado por la marca: era la marca haciendo lo que su personaje haría. “A nuestra manera”, en su versión más literal.
El formato se construyó en fases. Primero, la convocatoria abierta y la selección de seis finalistas, atendiendo tanto a la calidad artística como a la diversidad de perfiles y formas de entender hoy la copla y lo popular. Después, cuatro galas durante el verano de 2026: dos en el Cine de Verano de La Bombilla en Madrid (incluida la gran final), una en la Plaza de Palacio de Alcalá de Henares y otra en los jardines de la Casa de Cultura de Valdemorillo.
Al frente, Rosalinda Galán como maestra de ceremonias, una artista que trabaja la copla desde un lenguaje contemporáneo y con un punto gamberro que encajaba con la marca como un guante. Y un jurado muy ecléctico con nombres como Valeria Vegas, Blanca Paloma, Lidia García, Chus Gutiérrez u Oro Jondo.
La plaza como idea
Detrás del certamen había una idea más grande: recuperar la plaza como espacio común. Durante generaciones, la plaza fue la red social de toda la vida. El lugar donde se sacaba la silla a la calle, se tomaba el fresco y la conversación se quedaba en el barrio. La verbena no era un decorado, era un código de convivencia: tardes que se alargan, música, gente de todas las edades compartiendo un mismo espacio sin que nadie tuviera que explicar nada.
El sociólogo Ray Oldenburg lo llamó el tercer lugar: ese espacio que no es ni casa ni trabajo y donde se construye comunidad. Cafés, bares, plazas. Lugares donde no hace falta un motivo para estar. La Revoltosa siempre ha vivido ahí, en las sobremesas, en las barras y en las mesas de toda la vida. Llevarla a la plaza era llevarla a su sitio natural.
La marca no se impone en el espacio público. Aparece, propone y se va, dejando una señal clara: aquí ha pasado algo.
Por eso fue importante cómo se presentaba la marca. En el certamen, La Revoltosa figura como mecenas, no como protagonista. El protagonismo es de las artistas y del público. La marca pone la excusa y el escenario; lo que ocurre encima lo ponen los demás. (Que, siendo honestos, es exactamente lo que haría una buena anfitriona).
Lo que se queda
Las métricas de una activación suelen medirse en asistentes, impresiones y alcance. Son importantes, claro. Pero lo que de verdad construye marca es más difícil de contar: el recuerdo vivido. Nadie se lleva un mensaje de una verbena. Se lleva una tarde, una canción, una risa compartida con alguien que no conocía.
Y eso es lo que convierte una marca en algo más que un producto: que la gente pueda contarla porque la ha vivido, no porque la ha visto en un anuncio.
Para nosotros, además, fue la mejor prueba de que la marca aguantaba fuera del manual. Ver a la gente reconocer a La Revoltosa sin que nadie tuviera que explicarla es, probablemente, la mejor validación que puede tener un rebranding.
La plaza vuelve a ser de quien se sienta en ella. Y a la marca que la hace posible, se la recuerda.
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Fuentes principales y lecturas recomendadas
- Ray Oldenburg. The Great Good Place, 1989.
- Jane Jacobs. Muerte y vida de las grandes ciudades, 1961.





